La zanja en Revista Anáfora

Por Aitor Francos

Número 8 de Revista Anáfora

Nuria Ruiz de Viñaspre (1969) lleva años sometiendo su escritura a la intertextualidad y a la desmembración de las figuras arquetípicas del lenguaje poético. La Zanja (Ed. Denes, Premio César Simón, 2015) supone un despegue desde la propia visceralidad, un recorrido a una intimidad expansiva, a un cuerpo abierto. Viñaspre enseña en La zanja sus entrañas inconscientes, los mecanismos interiores que hay detrás de la máquina de guerra que es el habla. Los versos se apoyan en la fragmentación y la experimentación; por eso la multiplicidad de formas y las repeticiones a lo largo del poemario, son determinantes. Dos temas imperan: el cuerpo y el lenguaje. Ésta es una zanja, a todas luces provisional. De partición y separación, de cicatrización de un yo disgregado a la espera de articularse. Poemas donde se cuestiona la casa del lenguaje (“una casa evanescente a la que se le han volado los techos”) y donde todo lo que proviene de la palabra acaba siendo opcional. El poema se entiende como un tránsito del habla, con el cuerpo haciendo de soporte. El cuerpo que fluye desde su coherencia interna. El cuerpo que es el gran poema, escribió Wallace Stevens.

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Son bastante reconocibles las fuentes de las que bebe Nuria Ruiz de Viñaspre. Por ejemplo, encontramos una cita de Roland Barthes, cuya ideología está presente, a decir verdad, en cada línea del poemario: “El lenguaje no es inocente; tampoco casual.” Otro de los grandes teóricos, que tanto indagó en las cuestiones metapoéticas, y del que bebe la poeta es Blanchot. En La zanja se reflexiona sobre el aislamiento de la palabra y sobre la incomunicabilidad de las ideas. El lenguaje como concepto imposible; así la naturaleza suprema de las cosas es su indefinición por medio de la palabra.

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”Cuántos esfuerzos para no escribir” se lamenta la poeta en un verso. La apariencia inacabada de los poemas y ese deseo de abandonarlos, de que no la superen, se entiende desde la pretensión de búsqueda de lo esencial, de lo que no se ve, de lo que está medio enterrado. La zanja se modula como un cuaderno de repeticiones y de juegos lingüísticos donde la sonoridad de las palabras hace muchas veces de directriz. (“cuerpo ser continente in-contenido / para no contener lo incontenible”). Todo es vocalización, repeticiones y variantes. Ritmos y compases que caminan por la indefinición poética. Tal vez porque el lenguaje es el primer territorio de la posibilidad y hay ambigüedad en sus dominios, donde todo está “escrito desde el descontrol la escritura”.

En La zanja el lenguaje poético se desplaza desde sus fisuras con voluntad de autoexploración. Las ideas se parten y desfiguran el cuerpo de los poemas como un cuerpo biográfico. Todo es susceptible de verse desplazado, de ser inexpresable, de dar ángulos de vista sospechosos, llenos de inefabilidad, dislocados.

Aitor Francos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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